''¿De qué te estabas quejando? ¿Qué pasaba por tu cabeza?''. Las frases retumban en mi cabeza mientras espero a mi amigo y compañero de entrenamiento, Franco Flores. Con el correr de las horas, las calles de La Cumbrecita se transformaron en un desfile de cuerpos desbordados por el desgaste físico producido por una carrera que sorprendió a sus ultra-runners en plena competencia: los 50K finalmente iban a ser 57.
Mi total respeto hacia Tania Díaz, Ezequiel Pauluzak, Juan Las Peñas y el resto de los runners que se lucieron llegando en plena siesta dominical a la meta de la North Face Endurance Challenge (ver Resultados). El estado físico, la estrategia y la fortaleza mental necesaria para correr 57K en menos de seis horas es envidiable (la carrera inició a las 8:15 hs). Pero, ¿y del resto que me decís? Del que se lesionó, el que no podía entrenar todos los días, el que canceló varios fonditos porque tenía que trabajar o cuidar a los hijos o el que tuvo un mal día. Algo tan simple como eso: un mal día.
Pasan las nueve horas de carrera. Siguen llegando corredores. Acalambrados, llorando, caminando de costado, haciendo zig-zag por el desgaste de la jornada. La meta y el reencuentro con sus seres queridos fuerzan la sonrisa de cada uno de ellos y los despabilan: ''Ey, vos. Terminaste. A pesar del día jodido, sos ultra-runner. Terminaste los 57K. Cada minutito corriendo por la montaña valió la pena''.
Sigo mirando los runners. Admiración total para cada uno de ellos mientras mi cabeza sigue azotándose (''¿Y vos te quejabas?''). Con Lucas Quiroga, Susana Priotto, la profesora Magdalena Nieto y su hija Juana esperamos ansioso a Franco. La niebla no permite visualizar más allá de los 30 metros.
Detrás nuestro, otras tres personas esperan a un tal Alejandro. ''¡Te apuesto a que nuestro Franco llega antes que tu Alejandro!'', comienza a bromear Lucas. Y no pasa un minuto para que Franco aparezca acompañado por Facundo Gómez, un loquito que voló en los 21K pero al que de todas formas le quedó nafta para animar al compañero en su tramo final. Andá a saber vos lo que tuvo que pasar, lo que vio, lo que sufrió y lo que disfrutó tanto él como los otros 686 competidores presentes en la distancia.
El fin de semana de La Cumbrecita fue uno de esos que te hacen extrañar el sol. Las lluvias obligaron a cancelar los 80K (bajaron a todos sus competidores a 57K), a modificar los circuitos restantes y a que cada uno elija las zapatillas con mejor agarre del armario para no pegarse flor de patinada. El domingo arrancaba nublado y con temperatura ideal, pero la lluvia se largó con toda su intensidad cuando no había pasado ni una hora de carrera para los 50 y 10K. ''¿Y? Es sólo agua''.
Largamos con el amigo Maximiliano Quiroga. Seguimos la estrategia clara de caminar las subidas y recuperar lo perdido en las bajadas para llegar con piernas y bien posicionado al tramo final. Para mi sorpresa, las piernas responden perfectamente. Pero, ¿a quién no le puede tocar un mal día? Ni bien finalizamos los primeros 10K a un buen ritmo, los nervios y la ansiedad de los primeros 21K me empiezan a traicionar y hacen insoportable el dolor de panza.
''Maxi, seguí vos solo. Si te alcanzo, genial. Sino, bueno. Pero no voy a arruinarte la carrera''. Se escapa cual liebre y me veo obligado a seguir a pesar de la fuerte puntada. La multitud de 1163 runners deja atrás las calles de La Cumbrecita y la aldea ''Peñón del Águila'' para comenzar con la parte más pura de la montaña. Un par casas se asoman en alguna ladera pero no bastan para opacar el paisaje. Nada para envidiarle a la más bella postal de Suiza. Un lugar mágico y admirable en nuestas sierras cordobesas.
Y ahí estás vos. Trotando. O intentándolo. El dolor empieza a aminorar la marcha. Vas pasito a pasito, pensando por qué te viene a pasar ésto justo a vos en -muy probablemente- la carrera más bella y multitudinaria de trail running que Córdoba tendrá en este año. Meses entrenando para ver cómo te pasan las mismas personas que supiste aventajar en los primeros cinco kilómetros con Maxi a tu lado. Y las lágrimas empiezan a caer. No porque sea un loco desquiciado por la competitividad, sino por la impotencia de no poder plasmar todo lo entrenado, de ver cómo te pasan como si fueses un cono y de que lo hagan sin tener la oportunidad de poder correr por un maldito dolor de panza.
Una cosa lleva a la otra y la cabeza te empieza a fallar. ''Si así estoy yo, ¿cómo estarán los de los 50K? ¿Así pensás correr El Cruce algún día, Dani? Mirá cómo te pasa la rubia que viste en el kilómetro 5. Seguro que Rodrigo Santos ya terminó los 50 y vos seguís acá. Estás hecho un desastre. En cualquier momento te alcanza Elisa Forti si seguís así''. El cerebro se vestía de diablo mientras la lluvia se encendía en el pico más alto de la carrera, a unos 1900 msnm. Como si fuese poco, las piernas se enfriaban y le abría la puerta algún que otro calambre.
Afortunadamente, el segundo puesto de abastecimiento llegó. Ideal para dejar atrás las malas vibras. Cambiar la mente. ''Dale, Dani. Motivate. Dale, Pilo. Dale, Dani. Dale, Pololo''. Me lancé en la primera bajada imaginando el apoyo de compañeros de entrenamiento. Algo tan estúpido pero eficaz para olvidarse del dolor y recuperar posiciones. El agua seguía cayendo, escurría las lágrimas y drenaba las penas.
Me plantee correr hasta que el dolor se haga insoportable. A partir de allí, frenar hasta que se calmara para luego seguir. La lluvia, los arroyos, el barro, el verde césped, los pinares y las montañas eran únicos. ¿Y quién no paró a observar el paisaje? No tenés idea de lo que te perdiste si tu respuesta es un ''Yo no''.
Restaban un par de kilómetros. ''2 horas y 20 minutos'', me sopla otro competidor, segundos antes de que me alcancen -afortunadamente-, dos compañeros: Juan Pablo Ortega y Camila Berao. Inyección anímica para meter los famosos ''huevos'' y llegar hasta la meta para estallar en llanto ante la sorpresiva presencia de mi familia, entre la cual se destacaba Valentín, de dos meses de vida, con su buzo que rezaba ''Vamos Padrino'' en el frente y mi número, el 2788, en el revés.
Una mezcla de emociones inexplicable. Satisfacción, felicidad, alivio... Y tristeza, porque terminó. Sí. Aunque no lo creas, las ganas de volver a correr ya están presentes a pesar de todo lo sufrido. Y si algo aprendí, es que hay carreras buenas y carreras buenas. Mirá si va a haber una carrera mala, por favor. De todo se aprende y el sufrimiento se acaba disfrutando, porque hace aún mayor a la satisfacción de haber llegado a la meta, de haber superado un nuevo desafío.
Hay que entender que el cuerpo no siempre funciona como queremos y que las cosas no siempre suceden cuando uno quiere, pero, en el trail y en la vida, nada es imposible. Tampoco se trata de ver quién es rápido. Sólo se trata de salir a la montaña y disfrutar. Y yo hice 21 kilómetros nomás. Todo genial con mi primera media maratón de montaña. Pero los de 57... esos son corredores, esos se las aguantaron duras. Quién sabe. Quizás algún día me toque a mí definir la apuesta de Lucas.